Por Sebastian Horsley*
Especial para El Diario Alternativo

Cuando se calienta el debate en el Reino Unido con los pros y contras de legalizar la prostitución, un escritor que ha dormido con más de 1.000 mujeres nos regala un recuento controvertido y cándido sobre su experiencia de pagar por sexo. 

Recuerdo la primera vez que tuve sexo. Todavía guardo el recibo.La chica era vívida, y hasta donde recuerdo, cálida y en cualquier caso, mejor que nada. Me costó 20 libras esterlinas.

Yo tenía 16 años y ahora estoy en los 41. He pasado 25 años tirando mi dinero y mi corazón a esos pastelitos. Me he acostado con chicas de todas las nacionalidades, en todas las posiciones y en cada país donde me he encontrado. Desde chicas de cita telefónica de clase alta de ₤1.000 por el salto hasta las de carnes lánguidas del Soho a ₤15, probablemente me he acostado con unas mil prostitutas, con un costo de ₤100.000.

Soy un catador de la prostitución: puedo captar su aroma, paladearlo, saborearlo por cada esquina de mi boca, y darte hasta la fecha de la cosecha. He usado burdeles, saunas, casas privadas que se anuncian en la Internet y ordenado chicas a mi apartamento, que llegan tan pronto como una pizza. Y a propósito del tema, también manejé un burdel. Y he sido acompañante. Desearía estar apenado por eso. Pero no lo estoy. Adoro las prostitutas y todo lo relacionado con ellas. Y me preocupan tanto, que no deseo que sean legalizadas.

En los burdeles ingleses te conducen a un sombrío cuarto tan pequeño, que sólo puedes conocer a la chica por Braille.

En los burdeles ingleses te conducen a un sombrío cuarto tan pequeño, que sólo puedes conocer a la chica por Braille. Pero el año pasado en Nueva York me senté en una cama de cuatro plazas mientras 10 chicas desfilaban frente a mí, una por una, como tazas de sushi en un carrusel. “Hola” saludaban ellas “yo soy Tiffany”, “yo soy Harmony”, “yo soy Michelle”. Se suponía que debía levantarme y besarlas. Fue tan tierno, tan dulce, tan amable. No importa lo que pase, ahí siempre debes ser educado. Es la forma como el mundo debe comportarse en lo exterior: egoísta pero honesto.

La gran experiencia sobre sexo con prostitutas es lo excitante y variado. Si dices que disfrutas el sexo con la misma persona luego de un par de años, es porque eres un mentiroso o estás colgado de alguna droga. De todas las perversiones sexuales, la monogamia es la más antinatural. La mayoría de nuestros asuntos tienen un curso normal. Fiebre. Pereza. O ser atrapados. Esto explica muchas de las fricciones en nuestra vida –el amor es la desilusión de saber que una mujer es distinta a otra. Pero en los burdeles siempre hay el apasionamiento de no saber la experiencia que habrás de conocer.

El problema con el sexo normal es que conduce a los besos y más pronto que tarde tendrás que hablar de ello. Una vez que conoces bien a alguien, lo último que querrás hacerle es tirártela. A mí me gusta dar, nunca recibir; tener el poder del anfitrión, no la obligación del invitado. Puedo parar de escribir y en dos minutos estaré encadenado en los brazos de una prosti. Sé lo que voy a obtener, y también que ella no me desea. Y dentro de diez minutos estaré de regreso escribiendo. Lo que realmente detesto es una noche descorazonada de significados cuando le dices a una chica toda clase de mentiras, sólo para llevártela a la cama, sabiendo que no la amas.

Las peores cosas de la vida son gratis. El valor parece necesitar una etiqueta con el precio. ¿Cómo nos puede interesar una chica que no se valora a sí misma? Cuando era joven, solía pensar que no era importante con quien querías tener sexo, sino con quien te sintieras confortable social y espiritualmente. Ahora se que eso es basura. Lo importante es con quién deseas tener sexo. En el pasado he traicionado a las mujeres con quienes he estado comprometido. Tú mientes a dos personas en la vida: tu compañera y la policía. Los demás siempre obtienen la verdad.

Una parte de mí disfrutaba la traición. Ahí estaba la pobreza del deseo con la novia de uno. El sexo sin infidelidad me resultaba un sinsentido. Sin crueldad no había banquete. Tener una vida secreta resultaba emocionante. También tengo problemas con el sexo no pago. Siento repulsa por la animalidad del cuerpo, por su suciedad y decadencia. El horror para mí es el hecho de que lo sublime, bello y divino es indescifrable de las funciones animales básicas. Por alguna razón el dinero mitiga eso. Porque es anónimo.

El problema con el sexo normal es que conduce a los besos y más pronto que tarde tendrás que hablar de ello. Una vez que conoces bien a alguien, lo último que querrás hacerle es tirártela.

Lo que más me molesta generalmente con las mujeres es la intimidad, la invasión de mi espacio esencial, la lenta estrangulación de mi arte. El escritor encadenado de por vida a la rutina de un salario esclavo y al ritual de la cópula. Cuando amo a alguien, me siento como atrapado. Yo fui salvado hace tres años. Encontré una chica de la que podía enamorarme… y dormir con prostitutas. Ella me mandó a los burdeles a buscar mujeres para ella. Le compré mujeres para su cumpleaños y fuimos juntos a burdeles. Ahora soy libre de la húmeda y oscura prisión del amor eterno.

Una prostituta existe por fuera del Establecimiento. Ella es rechazada por él o está opuesta a él, o ambas cosas. Se necesita coraje para cruzar esta línea. Ella merece nuestro reconocimiento, no nuestro castigo. Y ciertamente no necesita de nuestra piedad o nuestras oraciones.

Desde luego que la percepción en nuestro país es que el hombre de alguna manera explota a la mujer, pero yo no lo creo. De hecho, la prostituta y su cliente, como el adicto y el vendedor, es la relación de explotación más exitosa de todas. Y la más pura. Es libre por motivos ulteriores. No hay juego de poderes subalternos. El hombre no toma y la mujer no da. El polvo de prostituta es el más claro de todos.

¿Por qué a un bastardo sórdido como yo le gustan las prostis? ¿Por qué pagar por eso? El problema es que la mujer moderna es una prostituta que no entrega sus tesoros. Los simuladores nunca son placenteros; engañan mientras aceptan regalos para sellar un pacto, y luego lo rompen. Al menos la puta paga con la piel por la cual regatea. La gran diferencia entre sexo por dinero y sexo gratis es que el primero cuesta muchísimo menos.

Pero es más que eso. Lo que deseo es la sensación del sexo sin el aburrimiento de la conveniencia. Los burdeles hacen posible contactos de intimidad física alucinante sin la intervención de la personalidad. Adoro los paraísos artificiales; ser anónimo. Usar el dinero, el instrumento más impersonal de la intimidad, para comprar el acto más personal de intimidad. Lujuria más que amor, sensación antes que seguridad, yacer entre los brazos de una mujer sin necesidad de caer en sus manos.

Tener una simpatía instintiva por aquellos condenados por las convenciones sociales me llevó a cruzar yo mismo esa línea. Pagar por sexo es retorcer la fachada del artificio y la civilización para conectarse con la verdadera naturaleza animal del hombre. Algunos hombres proclaman orgullosos que ellos nunca han pagado por esto. ¿Dicen entonces que el dinero es más sagrado que el sexo?

Pero una de las principales razones por las que disfruto con las prostitutas es porque me deleito en violar la ley –y esa es otra de las razones por las cuales no quiero que se legalicen los burdeles. Hay un encanto sobre lo prohibido que lo hace deseable. Cuando voy a comer cada noche en el Soho, siempre pienso: qué marisco delicioso, ¿por qué no será ilegal? Estoy seguro de no ser el único que lo cree. El mismo Adán no quiso la manzana por su propio aspecto, lo que la hizo apetecible era que le había sido prohibida.

En cuanto a las chicas, el argumento es que legalizarla se la convertirá de alguna forma en más segura, pero el Soho tiene una de las tasas más bajas de criminalidad del país. De cualquier manera, crimen y riesgo forman parte de la textura en que está confeccionada la vida. Sin duda lo dijo Freud: “La vida pierde interés cuando la apuesta más alta en el juego es vivir, la vida misma no debe apostarse”. El riesgo es lo que separa al tedio de la parte divertida de la vida.

Hay un encanto sobre lo prohibido que lo hace deseable. Cuando voy a comer cada noche en el Soho, siempre pienso: qué marisco delicioso, ¿por qué no será ilegal? Estoy seguro de no ser el único que lo cree.

Yo resolví entrevistar a mi Claudia, mi prostituta favorita. La localicé primero en una calle en Knightsbridge hace 10 años y quedé tan cautivado por su belleza que resolví seguirla. Había un aire fantasioso de gran clase en torno a Claudia. El rostro de las chicas inglesas parece como si en algún momento se hubiera agotado la materia prima. Tienen labios delgados y párpados apergaminados, mandíbula cuadrada, manzana de Adán prominente y corazones marchitos. Claudia parece mediterránea –sus labios son plenos y curvos, nariz respingada, y sus ojos negros son grandes como platos.

Ella caminó y la seguí a través del Soho por la calle Brewer. No. No podía ser. Cruzó una esquina y entró a un burdel. No lo podía creer. Me podía acostar con Raquel Welch por ₤25.

Cuando le pregunté si quería que se legalizara la prostitución, reaccionó violentamente. “De ninguna manera. Yo me empleé hace unos meses. Luego de impuestos y la seguridad social prácticamente no me quedó nada. Así que regresé acá, donde me puedo hacer en un buen día unas ₤500. No tengo un proxeneta, así que después de los gastos y la mucama me queda más que suficiente.” Ahí lo tiene. El impuesto a la renta ha hecho más mentirosos entre los ingleses que la prostitución.

También conozco un poco sobre el negocio. Hace algunos años fui una madame y un acompañante. Convertí uno de los cuartos de mi apartamento en Shephered Market en una habitación de alquiler y me uní a una agencia de acompañantes. Me metí en la prostitución buscando amor, no dinero. Aunque, aclaro, siempre recibí el dinero. Las mujeres querían compañía, alguien dispuesto a complacer en la medianoche, y sexo. Era para romper los nervios imaginarse si sería capaz de lograrlo y luego hacerlo, pero al menos tenía una razón para acariciar mis amantes –ellas me pagaban. No me importaba si alguien me llamaba proxeneta o prostituto.

Así que ya lo sabes, he sido un prostituto por simpatía. En cuanto al resto de la sociedad, la prostitución es el espejo del hombre, y éste nunca ha estado en peligro por sumirse en la belleza. Entonces, ¿por qué no dejarlo tranquilo? ¿O aprender a amarlo, como yo? El sexo es una de las cosas más saludables, espirituales y naturales que el dinero puede comprar. Y como en todo juego, se convierte más interesante cuando se apuesta dinero. Y más aún si, además, es ilegal.

Las prostitutas y los borrachos entienden instintivamente que el sentido común es enemigo del romance. ¿Podrían los burócratas y políticos dejarnos vivir algo de irrealidad? Ya sé lo que estás pensando. Que está muy bien para gente como yo que idealicemos a las prostitutas y a los ladrones; que pensemos en la calle como algo noble y pintoresco. Yo nunca he tenido que vivir allá. Entonces, ¿qué? Un día lo haré. Hasta que ello suceda, tendré que pagar por ello. ¿Cómo más podría alguien joven, rico y apuesto conseguir sexo en esta ciudad? Sí, sí, ya sé. La prostitución es obscena, vergonzosa y lamentable. El problema es que así también soy yo.

*Artículo publicado originalmente en The Observer, de Londres. Versión de Manuel Carreras.