Por Conor Carrigan*
Especial para El Diario Alternativo

Cuando Jamal entró en el Consulado del Reino para recoger los papeles, se le ofreció té, fue drogado, y asfixiado hasta la muerte, y luego desmembrado. Después de semanas de negaciones, El Reino admitió que había sido asesinado

Tengo, en cierto modo, derecho a una gran historia”, se quejó el Presidente al editor del Times. El editor se encontraba reunido con el Presidente en la Oficina Oval para expresar su preocupación de que la retórica del Presidente contra la prensa – calificar a los medios como propagadores de “noticias falsas” y “enemigos del pueblo” – estaba poniendo a los periodistas en peligro.

¿Sabía el Presidente, preguntó el editor, sobre las consecuencias de su retórica? El Presidente dijo que sabía que cada vez había más gente que hablaba de las “noticias falsas” pero no estaba seguro de que ello fuera obra suya. Aun así, creía ser quien había comenzado a usar la frase. El editor explicó que varios países habían prohibido las “noticias falsas” como una forma de silenciar a los medios independientes. “No me gusta eso”, dijo el Presidente, antes de agregar que pensaba que era “muy malo” cuando la noticia no se reportaba con precisión.

“Son escoria. Son gente horrible. Son tan ilegítimos”. Los ataques del Presidente contra los medios empezaron desde cuando era candidato. En los mítines de campaña, lanzó insultos a los periodistas de las secciones de atrás, azuzando a sus partidarios al frenesí. Los medios de comunicación, sugirió, lo odiaban a él y amaban a Hillary. “Son una vergüenza. Sin la deshonestidad y el engaño de los medios, ¡Hillary … no sería nada, nada!”

Y mintió. No sobre todo, sino sobre cualquier cosa. Utilizó información, palabras y declaraciones como armas, y las desplegó de acuerdo con lo que mejor funcionaba con el Pueblo.

Consternando a la mayoría de los votantes, ganó las elecciones y se convirtió en presidente. “Los medios de comunicación no pensaban que ganaríamos, pero los hombres y mujeres olvidados de América ya no serán olvidados”, le dijo a una multitud jubilosa semanas después de su toma de posesión. “¡Las noticias no cuentan la verdad! Ellas son falsas, mentirosas, falsas” declaró, añadiendo: “Quiero que todos sepan que estamos luchando contra las noticias falsas. ¡Son el enemigo del pueblo! ¡Son el enemigo del pueblo!” La multitud se puso de pie, vitoreando y cantando “¡U.S.A.! ¡U.S.A.! ¡U.S.A.!” Al terminar el discurso, los periodistas empacaron sus computadoras portátiles y rápidamente se dirigieron a la salida.

Un periódico que realmente irritó al Presidente fue el Post. Como candidato, tenía todo en contra del periódico. “Créanme, si me convierto en presidente, ay, tienen problemas, sí que van a tener muchos problemas.” A su vez, el Post no ahorró críticas. “Intolerante, ignorante, engañoso, narcisista, vengativo, mezquino, misógino, fiscalmente imprudente, intelectualmente perezoso, desdeñoso de la democracia y enamorado de los enemigos de América”, fue como lo describió un editorial.

A lo largo de su mandato, atacó todo lo que había permitido al país sobrevivir. Socavó el proceso electoral al difundir la mentira de que “millones y millones” de personas habían votado ilegalmente en las elecciones. Minó la independencia del Poder Judicial al atacar a los jueces que no lograron el resultado deseado. Se complació con los prejuicios del Pueblo, conjurando una visión de inmigrantes negros y morenos que fluyen sin control a través de la frontera, listos para violar y aterrorizar. Sus mentiras continuaron sin cesar. Setecientos ochenta y siete días después de su mandato, el Post contó sus falsedades en nueve mil ciento setenta y nueve. A medida que la información sobre sus fechorías se intensificaba, también lo hacían sus ataques a los medios de comunicación. 

Lejos de América, el Rey, que estaba enfermo, dejó a su hijo favorito, el Príncipe, como verdadero regente del poder en el Reino de Arabia Saudita. En una sociedad donde prevalece una interpretación extrema de la religión, el Príncipe se presentó como un reformador que modernizaría la economía y moderaría la religión.

Pero, al mismo tiempo, el Príncipe era despiadado con quienes percibía como sus enemigos, y estaba decidido a preservar su control sobre el poder. Los críticos del gobierno fueron silenciados. Se embarcó en una guerra costosa con un país vecino, secuestrando al Primer Ministro de otro, todo porque temía la creciente influencia de un rival regional.

Aunque los estadistas occidentales acogieron con beneplácito las reformas del Príncipe, muchos estaban desconcertados por su imprevisibilidad. El Presidente no tenía tales reparos, pues tenía una afinidad con los déspotas. Intercambió “cartas de amor” con el Líder Supremo de un empobrecido estado nuclear que se atiborraba de lo mejor de la cocina global mientras su pueblo moría de hambre. Aduló al líder pseudo-democráticamente elegido del principal rival de América, que se había entrometido en las elecciones del país. El Príncipe era un hombre con el que el Presidente podía hacer negocios.

Los editores y periodistas del Post, sin embargo, no estaban enamorados. Un periodista en particular ofreció una crítica clara del régimen del Príncipe. Jamal provenía del Reino, de donde fue exiliado por criticar al régimen. Como columnista del Post, escribió de manera imparcial sobre los problemas que enfrenta el Reino. Aunque reconoció las reformas del Príncipe, Jamal expresó su preocupación por su intolerancia a la disidencia o la crítica. ¿Cómo podría hablar el Príncipe de un Reino moderno y moderado cuando había encerrado a sus críticos, incluyendo a muchos que compartían su cacareada visión, mientras protegía las voces de extremismo? Jamal lamentó que él y otros críticos fueran considerados ahora como el enemigo.

Cuando Jamal entró en el Consulado del Reino para recoger los papeles, se le ofreció té, fue drogado, y asfixiado hasta la muerte, y luego desmembrado. Después de semanas de negaciones, el Reino admitió que había sido asesinado, pero insistió en que el Príncipe no tenía nada que ver con ello. Nadie creía en la inocencia del Príncipe. Los Servicios de Inteligencia de América habían concluido con “confianza” que el Príncipe había ordenado la operación. Para cualquiera que observara al Reino en esa época, era inconcebible que un acto tan descarado pudiera llevarse a cabo sin la aprobación del Príncipe.

El Presidente pensó que la operación había sido un “concepto original muy malo” y ese “encubrimiento era la peor versión de todos los posibles encubrimientos de la historia.” ¿Creía que el Príncipe sabía de la operación de antemano? “¡Tal vez sí y tal vez no!” El Reino decía que Jamal era un enemigo del estado.

*Conor Carrigan es abogado, residente en Portland, Oregon, y corresponsal de El Diario Alternativo