Por Gabriela Gacharná Echeverri
Especial para El Diario Altenativo

La Fundación Henrich Böll, Colombia, hizo una compilación en el libro Feminismos Andantes (Bogotá, 2021) de 27 historias de mujeres diversas para acercarse a la realidad invisibilizada de la mujer. Y en él, como previene el prólogo, además de aprender sobre los feminismos, se acercará a relatos de vidas reales, pues “muchas de nosotras hemos sido víctimas, sobrevivientes y de-construidas desde el amor y la libertad de ser. No les mentiré: en muchos casos, llorará; en otros, tendrá momentos de risa, alegría y dignidad y, también, de profunda reflexión sobre lo que ha significado ser mujer y por lo que luchamos tantas de nosotras desde diversas orillas.”

 Y por ser uno de los temas tabú el tratado por la escritora Gabriela Gacharná Echeverri, le pedimos nos hiciera una selección de los apartes de su relato, intenso e intimista, de mucho valor:

Veintiocho (fragmentos)

1

Alrededor del Sol. Los seres humanos nos hemos medido, pensado y concebido alrededor del Sol desde que Julio César instauró el primer calendario solar en el año 46 a. C., por sugerencia de científicos y astrónomos. En la mayor parte del mundo, desde 1582 hasta hoy, medimos el tiempo con el calendario del papa Gregorio XIII, muy parecido al de Julio César.

Julio César, Gregorio, los astrónomos, los científicos, calendario juliano, calendario gregoriano, Europa, emperador, papa. Los nombres de los meses: Janus – dios (enero), Februus – dios (febrero), Marte – dios (marzo), Julio – emperador, Augusto – emperador (agosto), septiembre – séptimo, octubre – octavo, noviembre – noveno, diciembre – décimo: los números en latín del año de Romulus (emperador).

2

Y solo Maia – diosa (mayo) y Juno – diosa (junio). Y no científicas, y no astrónomas, y no otras latitudes, además de Europa. La afirmación de que con el calendario solar nos hemos medido, pensado y concebido está incompleta. 

Con cada menstruación, las mujeres cuestionamos la imposición de ese calendario, que está lejos de ser el nuestro. El nuestro es el lunar. Vivimos ciclos de veintiocho días, no meses de treinta o treinta y uno. Transitamos con la Luna trece recorridos en torno a la Tierra. Trece lunaciones y no doce meses. 

Percibimos la vida, la belleza, la crueldad, la felicidad y la tristeza en porcentajes de iluminación, con las fases de la luna nueva, llena, creciente y menguante. El inicio del mes lunar varía según cada mujer, así que percibimos, calculamos y entendemos regularidades e irregularidades. 

Tenemos otra relación con el tiempo. Nuestros ciclos menstruales, como los lunares, nos sirven como fases para plantar, trazar objetivos, renovar y transformar, fortalecer o derrumbar. Es el calendario lunar el de la relación con las mareas, con la siembra y la cosecha, con los sueños y el crecimiento. 

10

El rojo denota emociones rápidas, instintivas y vivas. Es el color que más frecuentemente se ha encontrado en las pinturas rupestres, fue uno de los primeros pigmentos utilizados por el ser humano. Nos hace pensar en la espontaneidad, en la sugestibilidad del carácter. Lo usamos para referirnos al estado de ira, de amor, de pasión: “estar rojo de ira” y “sonrojarse”. 

Si describimos el rojo según lo que experimentamos con el sentido del tacto, podemos decir que es como el calor, el fuego, la brasa, la llama de una vela. Podemos percibir el rojo como el calor de un abrazo o como el ardor de una quemadura. El Sol que nos quema produce el rojo y, si nos hacen un cumplido, nuestras mejillas se sonrojan. Si queremos que sean el olfato y el gusto los que lo presenten, diríamos que las comidas picantes son a menudo rojas y también son rojas las frutas ácidas, las fresas o cerezas. En ambos casos, el sabor es una sensación intensa, aguda, viva, penetrante. 

14

Cuando poco después tuve mi primera menstruación, sentí que la Naturaleza me había ungido. Me sentí enormemente orgullosa (…). La crisálida que mi vientre tejería cada mes para recibir la vida se descartaría en forma de sangre menstrual.

Gioconda Belli. El país bajo mi piel 

  • “En 2008, tenía 12 años y estaba de paseo con mi familia. Visitábamos una iglesia en Buga y justo cuando atravesé la puerta y miré hacia arriba para ver su magnitud, sentí una descarga muy fuerte y tuve que ir al baño. Me costó pensar que no había sido culpa de la virgen que vi cuando entré.”
  • “Llevaba años esperando tener mi primera menstruación porque todas mis amigas ya la habían tenido. Así que cuando sentí algo raro y fui al baño, grité de emoción. Era menos sangre de la que creía que iba a ser, pero me sentí orgullosa y le conté a todas ellas.”
  • “Mi primera menstruación fue a los 12 años, en 2008. No fue nada extraordinario. Me desperté para ir al colegio y vi que me había llegado, pero me sentí incómoda y no quise aceptarlo, así que me bañé intentando olvidarlo hasta que me di cuenta de que tenía que hacer algo porque tenía que ir al colegio.”
  • “Estaba en mi casa y tenía mucho calor. No entendía por qué. Fui al baño y vi una mancha de sangre. Me quedé ahí más de 40 minutos porque creía que en el momento en que saliera del baño iba a ser una mujer y no sabía si quería o podía serlo.”
  • “Mi primera menstruación fue a los 12 años, en 1945. Le conté a mi hermana mayor y ella me explicó que estaba bien, que no era algo malo, ni un pecado. Recé mucho para que no me doliera y me costó entender que, aunque se tratara de sangre, no era una herida o un riesgo para mí.”
  • “Iba caminando del colegio a la casa, a mis 14 años, en 1998, y tuve la sensación de que me iba a orinar, así que empecé a correr hasta llegar a mi casa. Llegué y me di cuenta de lo que realmente era.”
  • “Cuando vi la mancha de sangre en mis calzones, me sentí defraudada. A mí me gustaba mucho jugar, correr, arrastrarme, saltar. Sentí que la menstruación me iba a cortar la libertad que tanto disfrutaba. Me sentí defraudada de no ser un niño, porque ellos no tenían ninguna barrera para ser libres.”

20

Había pasado medio año… La sobrecarga hizo que dejáramos de ser mujeres… Se nos fue… Se nos trastornó el ciclo biológico… ¿Me explico? ¡Da mucho miedo! Da miedo pensar que nunca más volverás a ser una mujer…

Svetlana Alexiévich. La guerra no tiene rostro de mujer»

El 9 de abril de 1948 fue el día más terrible que pudimos haber vivido. Habitábamos con mi familia en un barrio en el centro de Bogotá. Yo tenía 16 años. Desde el instante en que mataron a Jorge Eliécer Gaitán, la ciudad entera quedó desconcertada: fue como encontrarse en un sueño y desear que acabara pronto. Con el pasar de las horas, aumentó el miedo en la ciudad y el país y la violencia ebulló con rapidez. Recuerdo con nitidez pocas cosas, pero no se me olvida que tenía dolores menstruales. Uno lee, ve películas y cuenta historias de estos hechos históricos y es como si, por eso, se cancelaran los dolores ordinarios. Pero no. 

Después de algunas horas, nuestra casa, cercana a la Procuraduría, se convirtió en un epicentro no deliberado de fuego amigo y enemigo. Literalmente, fuego. Nuestra casa se incendió. Todas las personas salimos de allí asustadas, con poco abrigo y sin pertenencias. Lo único fue la máquina de coser de mi mamá, que mi hermano sacó al hombro entre empujones y ataques de la gente. En esa máquina quedó para siempre la cicatriz de un machetazo de alguien que intentó arrancarla de los brazos de mi hermano. Finalmente, llegamos al local de mi madrina, en donde pudimos resguardarnos y sentirnos a salvo, después del fuego, la gente en la calle, los muertos… Pero, como dije, vivir un hecho histórico y atroz como ese no atenúa las urgencias del cuerpo. Una vez fuera de peligro, tuve una descarga muy fuerte de menstruación que me manchó los pantalones y que me dejó débil y más asustada. No habían pasado tantos años desde mi primera menstruación, de manera que mi experiencia era relativamente reciente al respecto, pero supe al instante que esta descarga no era normal. 

Años después, tras incansables exámenes y procedimientos médicos, encontraron que mi hipófisis se había atrofiado. La hipófisis es una glándula que queda en la cabeza y está relacionada con el sistema hormonal y su atrofia hizo que, en mi caso, la menstruación llegara leve, casi inexistente, después del 9 de abril. También hizo que tuviera una menopausia temprana: a los treinta años, dejé de menstruar por completo. Nunca pude tener hijos. El 9 de abril fue el día más terrible que, como mujer, pude haber vivido. 

26

Cinco por ciento de impuestos pagamos por productos de aseo femenino en Colombia.
Seis años de nuestra vida menstruamos en total.
Veinte por ciento de las mujeres en edad fértil tienen síndrome de ovario poliquístico.
Treinta mililitros de sangre menstruamos por periodo.
Ochenta y ocho por ciento de las mujeres jóvenes del mundo no tienen acceso a productos para atender su menstruación.
Quinientos mil folículos producen nuestros ovarios a lo largo de su vida.
Trescientos treinta y cinco millones de niñas y adolescentes en el mundo no tienen acceso a baños con agua durante su periodo.
Ochocientos millones de mujeres menstrúan mientras escribo esto.

27

Sensibilidad. Sensibilitas o la cualidad de percibir estímulos por medio de los sentidos. “Sensible” es el calificativo que se usa por excelencia para ofender la mujer menstruante. De nuevo, una sociedad adormilada, incapaz de concebir belleza e inteligencia en el sentir. 

Por culpa de ese insulto mal situado, crecí restándole importancia a mis sentimientos. Crecí con una lucha entre mi racionalidad y mi emocionalidad, en una pugna malsana que me hizo descartar o reprimir emociones de amor, de alegría o de miedo. 

En mi cabeza tuvo lugar una duda existencial: si lo que pensaba, las conclusiones a las que llegaba, lo que sentía, lo que me dolía o lo que disfrutaba se debía a mi estado alterado de conciencia o a algo inherente de mi ser. Y digo estado alterado de conciencia porque lo mismo ha hecho la sociedad con muchas cosas: estigmatizar y culparnos por querer sentir y percibir el mundo de manera diferente, más sensible y humana. La misma sociedad que se escandaliza si alteramos nuestra conciencia con marihuana, pero celebra otros consumos como el de alcohol o cafeína. 

La menstruación funciona, entonces, como una alteración en nuestra forma de ver y entender el mundo: como un puente entre el pensamiento y la realidad y como una forma de aprehender esta última. Como tocar con la punta de los dedos lo que no quieren que sintamos, transformemos y pensemos críticamente. Como la poesía, que se caracteriza por descentrar de tu cuerpo y tu mente una percepción que creías inasible. Como un gran poema que te hace sentir que por fin alguien logró usar palabras para algo que tú sentías y pensabas como un humo, acaso una sombra, que al hacerse palabra se materializa en algo cercano, humano, desgarrador o acogedor. 

La sangre menstrual es la única que el cuerpo expulsa sin ningún acto de crueldad previa, sin heridas insanables, sin violencia y con la convulsión apenas necesaria para que el ciclo continúe. La violencia del lenguaje y el desprestigio hacia la mujer menstruante no es más que miedo: el miedo de sujetos con los sentidos adormecidos que temen a emociones muy reales e intensas, pero, sobre todo, que no están al servicio de la crueldad ya desatada en nuestra historia; emociones que nos permiten imaginar un mundo transformado, sentido y sensible hacia los demás y hacia el ser mismo. 

28

Creo, firmemente, que una de nuestras esperanzas y oportunidades es un cambio en el lenguaje. En él empieza nuestra transformación, esa que soñamos cada luna. Necesitamos nuevas palabras para pensar y nombrar la realidad, nuestros cuerpos, nuestra menstruación, nuestros ciclos.  

Es sorprendente cómo los hombres se han apropiado de nuestros cuerpos en el discurso, nombrando todo después de “descubrirlo”. Lo cierto es que el cuerpo femenino es un misterio para los hombres porque no les ha importado y para las mujeres, porque nos han dicho siempre que explorarlo está mal. El punto G, es G de Gräfenberg, un ginecólogo alemán. Las trompas de Falopio, por Gabriel Falopio, anatomista italiano. Saco de Douglas, por James Douglas, anatomista escocés. Glándulas de Montgomery, por el obstetra William Montgomery. Y la lista continúa. Si nuestra sociedad hubiese sido equitativa, estas partes anatómicas no llevarían el nombre de un hombre porque las mujeres habríamos explorado nuestros cuerpos, analizado y encontrado las funciones y posibilidades de nuestra anatomía. Y, seguramente, no llevarían nuestros nombres, porque habríamos pensado un nombre democrático e inclusivo. Es nuestro momento de pensar y nombrar nuestra realidad toda. 

Si empezamos por llamar la menstruación algo ‘típico’ y no ‘normal’ estaremos centrando la atención en ella. Decir ‘normal’ implica que podemos descartarla, sacarla de la discusión. Si la llamamos ‘típica’, entendemos que es natural, pero nos obligamos a abordarla, a pensarla, a sentirla y a hablarla. 

No más “ya se desarrolló”. No más “le vino”, “le bajó”, “está malita”. No más “la regla”. Llamémosla menstruación, luna, inventemos nuevos nombres. No más “está en sus días”. Todos son nuestros días. Inventemos, creemos, sintamos nuevas maneras, que nos incluyan, de llamar la menstruación y lo que la rodea; que sean nuestras y que no contengan la vergüenza, pues no es nuestra, es heredada. Rechacemos esa herencia opresora. Que las toallas higiénicas sean aviones de algodón y nuestra menstruación un río que fluye.