José Guillermo Herrera por Silvio Vela

Es una época oscura, pero que necesita revivirse para entender la verdadera historia del periodismo. 

Para hacernos una composición de lugar, Guillermo Cano era menudo, gibado, coronado por una rebelde melena blanca, y en su mano izquierda casi siempre un cigarrillo con filtro a medio consumir y con la ceniza haciendo malabares para no desprenderse. Pero esa mañana su andar cansino había sido remplazado por unos ágiles e insólitos saltitos, que lo llevaron hasta el cubículo donde tenía su escritorio el periodista Hernán Unás, y le mostró la foto que había hallado por pura casualidad en el archivo fotográfico de El Espectador.

Era una cartulina blanca, al centro con una pequeña fotografía en blanco y negro casi de cédula, y en el margen izquierdo, a máquina, se había tipeado Escobar G., Pablo E. 

Unás era uno de los más veteranos reporteros judiciales del periódico, discreto, de humor ácido, pero cuando le pedían seguir el rastro de una noticia no descansaba hasta

lograrlo. Y lo hizo: a la primera hora de la mañana siguiente le entregaba a Guillermo Cano un ejemplar amarillento y de bordes quebrados de un periódico institucional del DAS –el Departamento Administrativo de Seguridad, la policía política de entonces- y en su primera plana daba cuenta de la captura de Escobar y su banda en un caso de contrabando de cocaína e intento de soborno a la autoridad.

“Mire mijo, vea a nuestro congresista”, me dijo Guillermo Cano a los pocos minutos, y me pasó una de las varias fotocopias que había tomado del periódico, para seguir el rastro del proceso.

La nota oficial hablaba de una colisión de competencias entre juzgados de Itagüí y Pasto, y a partir de ese dato pude llegar a una copia de la decisión que resolvía el conflicto en la Secretaría del hoy desaparecido Tribunal Disciplinario. 

En esa copia se hacía una minuciosa descripción del recorrido hecho por el expediente, y con la captura de Escobar y su banda. Luego ya fue

conseguir copia de los procesos judiciales –un trabajo que me tomó un par de meses- hasta que logré reunir los hechos que sirvieron para exhibir a Pablo Escobar como un traficante de cocaína, ahora sentado en una curul del Congreso. Esa es otra historia, y para otro día.

Pero mientras en Bogotá publicamos la historia del proceso –con más de diez muertos en su trayecto- en Medellín se vivía otro drama. 

José Guillermo Herrera era el corresponsal de El Espectador en Medellín en ese preciso momento, y

también mucho tiempo después. Él tuvo que afrontar, con entereza, las consecuencias de esa publicación, la quema de ejemplares del periódico, las amenazas directas y las retaliaciones. Este es su testimonio.

Esa historia ha permanecido inédita por decisión del colega Herrera -Jóse lo llamamos con afecto y gratitud eterna-, pero también porque la moda impuesta es exaltar al que atropella, y no a sus víctimas.

Fabio Castillo 

Por José Guillermo Herrera
Especial para El Diario Alternativo

Una estancia en la antesala de los bárbaros

“Pablo necesita hablar con ustedes, cuanto antes”, dijo sin mayor preámbulo un emisario del señor Escobar que, inesperadamente, llegó a las oficinas del diario en Medellín días después de lo sucedido en los hangares privados del Olaya Herrera.

El emisario era un colega que tenía o tuvo un cargo de responsabilidad periodística en un medio de la ciudad, pero no por ello su visita y, más aun, el sentido del mensaje, dejó de causarnos profunda sorpresa.

Fue a finales de 1983, época por la que el jefe del cartel de Medellín ostentaba la condición de representante suplente a la Cámara por un movimiento de origen liberal que lideraba Jairo Ortega, cabeza de la curul, que Escobar tuvo ocasión de ocupar como titular. Sin embargo, un antecedente judicial descubierto por el director de El Espectador, don Guillermo Cano, en las mismas páginas del periódico, supuso un freno a las pretensiones políticas del capo y, de paso, a su vida pública.

El diario lo reprodujo en la última semana de agosto de 1983. Se trataba de una noticia del 11 de agosto de 1976 que detallaba la captura en la población cercana de Itagüí de media docena de hombres, entre ellos Escobar, con un alijo de 39 libras de cocaína escondido en la llanta de repuesto de un automotor. No fue más que un golpe para alguien que, con el transcurrir de los años, pudo viajar como turista a Estados Unidos, devenir en fuente periodística, tener el privilegio de hacer saques de honor en el estadio Atanasio Girardot, presidir foros contra la extradición, aparecer como un redentor ante los desheredados.

El proceso terminó en prescripción y de su expediente no quedó rastro en despachos judiciales. A la publicación siguieron notas editoriales en las que el director, en una lucha solitaria, advertía del poder de daño del narcotráfico, de los alcances de Escobar, de la inacción estatal. Y también llegaron otras decisiones que lo acorralaban: la de un juez superior de Medellín que en octubre del mismo año ordenó su detención dentro de otro hecho criminal, el asesinato de la pareja de detectives de la operación antidroga, y la pérdida de su inmunidad como congresista.

 ***                                      

El incidente en el aeropuerto Olaya Herrera comenzó con la aparición de una camioneta que sobrepasó el taxi que ocupábamos y bloqueó la salida de los hangares. Un hombre descendió afanosamente del vehículo, se acercó  por el flanco derecho y reclamó enérgicamente: “Sus placas”. El reportero gráfico, que ocupaba el asiento de copiloto, le aclaró: “No, somos periodistas”.

Habíamos ido hasta allí para una tarea encomendada desde la redacción en Bogotá, que tenía informes de la posible desaparición de aeronaves de Escobar estacionadas en estas instalaciones,  que las historias tejidas alrededor de sus excentricidades mencionan como lugar de recibo y paso de animales exóticos con los que el capo se propuso poblar Nápoles, su hacienda en Antioquia. El fotógrafo realizó su trabajo sin apearse del taxi, y de inmediato buscamos la salida.

El hombre de la camioneta recibió la credencial del reportero, la repasó con inocultable interés y, con tono autoritario, exigió: “Acompáñenme”. Nos hizo abordar el vehículo, que tomó el sentido de regreso a los hangares. Varios individuos flanqueaban el acceso a las oficinas,  donde quedamos a disposición de quien se movía como responsable. Recibió nuestras credenciales y se internó en su despacho, del que salía y al que regresaba siempre en silencio, sin prestar atención al  primer individuo, que le preguntaba si no era el momento de conducirnos a otra parte. La espera terminó al cabo de horas, por instrucciones evidentemente de origen externo. El responsable nos dejó ir, pero sin el rollo fotográfico y con la exigencia de que lo sucedido no trascendiera.

El camino de vuelta fue tortuoso. El taxista, que habíamos requerido a las afueras de nuestra sede para un servicio doble, esperaba afuera, ajeno a lo que pudiera deparar ser testigo de esta suerte de acontecimientos. Sentíamos que nos seguían, temíamos que de alguna de las motocicletas del recorrido se levantara un sicario, macabra figura salida del ingenio de los criminales locales. 

Nos sentimos aliviados apenas entramos a la casona esquinera de tres plantas que ocupábamos en el centro de la ciudad y a la que regresamos al entrar la noche, cuando en las aceras de los alrededores retomaban posiciones las prostitutas y los travestis que solían llamar la atención de los transeúntes con holas de saludo.

La jornada del día siguiente la asumimos con total incertidumbre. Pero comenzó con una sorpresa, que la dio Alfonso Benavides, el reportero gráfico: ya no llevaba el bigote que había cultivado con esmero durante años y del que se enorgullecía.

No pasó inadvertido en la casona, cuyos espacios los compartíamos con la gerencia administrativa y de publicidad, que estaba a cargo de Martha Luz López, y la de circulación, en manos de Miguel Soler. López era una ejecutiva paisa exigente que intuía que vendrían tiempos tormentosos y que un día no pudo contenerse más y dijo: “Deja esos asuntos, que te pueden matar”; Soler era un bogotano afable con muchísimos años de trabajo en la sede central de la capital, que dejó para establecerse con su familia en Medellín.

El del fotógrafo fue un cambio inocente de fisonomía que le pudo devolver a él algo de la sensación de seguridad perdida pero que, en realidad, poco o nada aportaba frente a la incertidumbre, que repercutió hasta en lo más elemental de la vida rutinaria. Perderíamos hasta el respiro de Serenata, pequeño bar de las inmediaciones al que íbamos con relativa frecuencia en procura de cervezas y cuyas noches las animaba un guitarrista que aceptaba aguardientes a cambio de aplausos y portaba un amplio repertorio, que exponía de manera casi ininterrumpida, como solista o acompañante de los cantantes ocasionales de tango y boleros que desfilaban por el lugar.

¿Que si temíamos? Claro que sí, y no, pese a la realidad. Sí, por lo que pudiera pasarles a las personas de nuestros entornos, expuestas, de hecho; y no, porque afortunadamente el oficio era en suma cambiante y de afanes que centraban la atención; pero, además, ¿acaso debíamos sentir miedo por cumplir con el deber como periodistas?

El deber tenía alcances de toda naturaleza. Llevaba, por ejemplo, hasta personas valerosas que no se dejaron amedrentar por las violencias cruzadas que por nada hacen de Medellín una ciudad invivible. Como el médico Héctor Abad Gómez, desde la presidencia del comité de derechos humanos de Antioquia, incansable en sus denuncias y en marchas de protesta, por lo cual los criminales ingresaron su nombre en una lista de sentenciados por ellos. O el abogado Álvaro Medina Ochoa, magistrado de la Sala Penal del Tribunal Superior de Medellín que gestionó procesos contra los traficantes y en quien el acoso alcanzaba límites tan impensables como el que dejaba entrever en frases de este tenor: “Más demoran en cambiar mi número telefónico que en conocerlo quienes me amenazan”. Medina fue tiroteado por sicarios del narcotráfico en abril de 1985, y Abad, por paramilitares, en agosto de 1987.

Víctimas de la barbarie que creció de manera incontenible, al amparo de discursos que lo justificaban todo, desde el de los “teóricos” de los narcos que explicaban el fabuloso flujo de dólares de la cocaína como una “compensación histórica” al país, hasta el de las voces del establecimiento, que comenzaban a hablar de “guerrilleros de civil”.

Otro foco de polémica y tensión lo prendió la participación de sacerdotes en proyectos de obra social del capo, entre ellos un barrio para destechados en predios de las faldas de edificaciones eclesiásticas. La jerarquía católica la ejercía Alfonso López Trujillo, que en 1978 llegó a Medellín como arzobispo coadjutor y al año siguiente asumió como arzobispo pleno, en ambos casos por disposición del papa Juan Pablo II, que en 1983 le otorgaría el título de cardenal. López era un conservador que borró de su jurisdicción todo atisbo de teología de la liberación y que llamaba a rendir cuentas a los autores de las publicaciones, que tomaba como una “campaña contra la Iglesia”.

***

Aceptar la invitación de Escobar era un imposible, pese a la confianza que pudiera despertar el hecho de haberla extendido por conducto de un colega. Pero cómo hacérselo saber, aun sin tener la obligación de ofrecer explicaciones. La respuesta estaba en la agenda del día. Esa tarde se adjudicaría el contrato de construcción del  metro de Medellín.

El emisario pidió entonces el teléfono, consiguió a quien buscaba y, sin más, nos extendió el auricular. El interlocutor era Escobar. Pidió disculpas por lo sucedido en los hangares, que atribuyó al malestar de sus hombres por encontrarse de brazos cruzados, e hizo saber que bastaba con contactar al colega cuando estuviéramos dispuestos a atender su llamado. Se despidió así: “El problema no es con ustedes, el problema es con ese señor Cano de Bogotá. Dígale que en el camino nos veremos”.

El señor Cano era don Guillermo, asesinado tres años más tarde al frente de su periódico en Bogotá, por pistoleros en moto.

Fue el 17 de diciembre de 1986 por la noche, y nos sentimos tan derrotados que fuimos incapaces de escribir siquiera una línea.

En medio de la barbarie, que intuíamos que no solo la provocaban los narcos, pasaron a ser meras anécdotas las llamadas telefónicas de interlocutores silenciosos, las llamadas que dejaban escuchar el sonido acelerado de motos, las pullas de funcionarios en ruedas de prensa, las estigmatizaciones de conductores de espacios nocturnos de radio, y  las amenazas de bomba que hacían aconsejable la desocupación de las oficinas,  de las que alguna vez nos fuimos apretujados en el Simca de una compañera, que nos alejó lo suficiente para escapar del supuesto peligro.

***

Para la conmemoración del Día del Periodista de 1988 ya no estábamos en el diario, al que habíamos ingresado precisamente la misma fecha de una década atrás. Las circunstancias nos llevaron a un receso que los apremios interrumpieron a los pocos meses. El destino estuvo en la redacción de Bogotá. 

Y no fue ahí donde supimos la suerte de Marta Luz y de Miguel, los compañeros de Medellín, acribillados por separado el 10 de octubre de 1989. Inexplicablemente solo vinimos a enterarnos un día después, en Buenaventura, adonde habíamos viajado para un encuentro de radios comunitarias.

La noticia a lo ancho de la primera plana de la edición de entonces nos devolvió a la antesala de los bárbaros.