Por Diana Catalina Cortés González
Especial para El Diario Alternativo

Una previsión del éxodo que se avecinaba tras el inicio de la crisis en Venezuela y un mayor entendimiento prospectivo de lo que la política, la economía y la cultura política venezolanas significarían al día de hoy, habría llevado a diseñar planes de contingencia con anterioridad y a que la crisis migratoria no nos sorprendiera

   Quienes nos hemos interesado en el mundo de las agencias de inteligencia, los espías, las misiones encubiertas y lo fascinante que esto parece ser, precisamente por lo oculto, simbólico y hasta riesgoso, nos hemos preguntado: ¿qué hace a la CIA, al MOSSAD, a la KGB (cuando existió), por mencionar algunas, tan poderosas y eficientes? Gran parte de la respuesta es oculta (y quizá lo seguirá estando), otra parte está en los libros, textos, testimonios y hasta en rumores de lo que difícilmente podrá ser comprobado. Y también están las respuestas metodológicas, las que desde los tiempos de Sun-Tzu o Kent, en los años 40, describen los libros y manuales básicos de inteligencia: la más importante de ellas, conocer al enemigo y obvio, también al amigo, sin importar lo alejado que éste se encuentre.

En un contexto como el colombiano, marcado por un conflicto interno de larga duración, la existencia de las agencias de inteligencia, desde sus inicios (SIC en los años 50), se ha visto en la necesidad de ir tras el enemigo interno. La lucha contrainsurgente en un país de guerrillas liberales y comunistas, con una geografía que les daba ventajas; la Doctrina de Seguridad Nacional dictada por los Estados Unidos, y la persecución incansable del comunismo en la región, abonaron el terreno para que los cuerpos de seguridad fueran dispuestos más hacia adentro, que de las fronteras hacia afuera. ¡Claro, las condiciones así lo exigían! pero después de casi seis décadas, seguimos mirándonos de la misma forma: hacia adentro.

No quiero decir con esto que Colombia jamás haya mirado hacia afuera. No hay que desconocer el trabajo que realizó el DAS analizando fenómenos como el terrorismo internacional, pero sin duda, no fue éste el fuerte de ese organismo de inteligencia, no sólo porque en una agencia tipo bestia disfuncional, como diría Porch (2001), se combinó inteligencia estratégica con investigación criminal, sino porque no ha existido una política exterior sólida que dirija las miradas en forma ambiciosa y proyecte al Estado hacia la verdadera competencia en el sistema internacional, o al menos para ver posibles fenómenos externos que puedan prender alarmas a tiempo.

Veamos un ejemplo: ¿Qué tan preparados estábamos para la llegada masiva de migrantes venezolanos? ¿Teníamos realmente planes de contingencia no sólo para dar suficiente y eficiente apoyo humanitario, sino para proporcionar una inclusión regulada y ordenada en los sistemas laborales, de salud y educación? Quizá ha sido más un “actuemos sobre la marcha”, lo que nos lleva a lo de siempre: improvisación, acciones inmediatas sin proyección de riesgos y beneficios y, claro, más posibilidad de falencias. Una previsión estratégica del éxodo masivo que se avecinaba tras el inicio de la crisis en Venezuela y un mayor entendimiento prospectivo de lo que la política, la economía y la cultura política venezolanas significarían al día de hoy, habría llevado a los tomadores de decisiones a diseñar planes de contingencia con anterioridad y naturalmente, a que la crisis migratoria no nos cogiera desprevenidos. 

Esa es la inteligencia estratégica, la proyección de escenarios y las posibles consecuencias para Colombia de situaciones diversas, como un discurso político matutino en un país vecino o una declaratoria de guerra al otro lado del mundo. El análisis de las acciones de aliados y enemigos para saber hacia dónde dirigir las nuestras. En pocas palabras, la visión prospectiva para la toma de decisiones estratégicas. 

Si bien el proceso de paz con la guerrilla de las FARC, bandera del Gobierno Santos, coincidió (quizá no fue mera coincidencia) con la adopción del modelo de inteligencia estratégica (DNI), que ya se había adoptado en otros países de la región, y redirigió la mirada hacia un panorama en el que esta guerrilla ya no sería la amenaza principal a combatir, las condiciones sociopolíticas en Colombia aún exigen que los cuerpos de seguridad miren hacia adentro. El desarme, la reintegración y estabilización, el aumento significativo de cultivos de coca advertido por UNODC, la presencia de diversos grupos armados organizados ilegales, el asesinato masivo de líderes sociales, entre otros grandes conflictos (muchos de ellos estructurales) que hoy afrontamos, siguen poniendo, necesariamente, en la agenda de seguridad, la estabilidad interna.

Pero mirar con más fuerza hacia afuera no sólo es válido sino necesario. Los carteles de droga y el crimen organizado han adquirido desde hace mucho tiempo un carácter trasnacional. Los mercados ilegales, como el de las drogas ilícitas, el arte, la madera y los minerales, cuentan con sofisticadas cadenas y procedimientos que involucran actores externos. Los avances tecnológicos acelerados y el mundo globalizado exigen que replantear la visión de la seguridad vaya más allá del papel y del discurso político, y sobre todo más allá de las fronteras. 

Quizá, si a finales de 2019 se hubiesen leído con más atención esas primeras noticias en Twitter sobre un virus en China que había matado a dos o tres y que era de rápida propagación, habríamos advertido con un poco más de claridad lo que sería una pandemia como la Covid-19, que hoy nos tiene en dificultades. 

Esa es la labor de la inteligencia estratégica, indicar, entender cada fenómeno en su singularidad y a la vez en su complejidad, para así advertir posibles consecuencias. Para perseguir a los asesinos de líderes sociales están las otras fuerzas y cuerpos de investigación, pero para entender quién los mata e incluso cómo juega el escenario internacional en ello, está la inteligencia. 

Mirar también hacia afuera, para aprender a solucionar lo de adentro.