Por Fabio Castillo 
Director El Diario Alternativo

De la seriedad con que la justicia se tome esta investigación podremos saber si hay Estado de Derecho o, como muchos temen, vivamos en una democracia asintomática: todos dicen que ahí está, pero no vemos ninguna de sus manifestaciones.

En la mañana del domingo 14 de enero me despertó el repiquetear del celular con una interminable cadena de pitidos para alertarme sobre la llegada de unos correos electrónicos, cuyos autores estaban en mi lista de alerta temprana: si alguna de esas personas me escribe, suene una alarma porque se trata de algo importante. Todos decían lo mismo, te invitamos a leer la sorprendente columna que escribe hoy Alberto Donadío en Los Danieles.

Cuando empecé a leer quedé estupefacto: no por su contenido en sí, que era explosivo, sino porque la columna de Donadío implicaba que Virgilio Barco Vargas, como presidente (1986-1990), había tomado una decisión. Y eso no sólo era inédito, sino insólito. 

La narrativa política de la época, y la más elaborada de ahora, aseguran que parte del tiempo Barco se mantenía en babia por cuenta de un férreo grupo de asesores que bloqueaba el acceso a su oficina, y en la otra parte, porque en su gobierno estuvo aquejado de varias enfermedades, aparentemente la más grave el Alzheimer final.

Incluso alguien cercano a su círculo me aseguró en su momento que Barco tenía en el marco de la puerta un semáforo, cuyo bombillo rojo –no molestar- estaba casi siempre prendido, mientras que el ámbar –espere un minuto- y verde –estoy disponible- parecía tuvieran fundida su bombilla. 

Pero superado el golpe inicial quedó la esencia del artículo de Donadío. Virgilio Barco de alguna manera conoció a un reputado espía internacional de origen israelí, Rafi Eitan, y cuando llegó a la Presidencia de la República dio la orden de contratarlo junto a otros 50 soldados de fortuna –mercenarios-, a través de una sociedad con asiento en Londres. ¿El objeto de ese servicio? Desplegar una fuerza de ataque frontal contra los militantes de la Unión Patriótica, el exterminado grupo político que surgió de los diálogos de paz que intentó el presidente Belisario Betancur (1982-1986), el predecesor de Barco.

Según informes de hoy la guerra unilateral declarada contra los desarmados militantes de la UP significó la matanza selectiva de 6.000 personas, y la definición de si esa masacre fue un crimen de Estado yace hoy en las manos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que terminó este 12 de febrero de escuchar los alegatos de las partes en conflicto antes de dictar su fallo.

La hipótesis que se deduce de la investigación de Donadío es clara. Virgilio Barco trajo a Colombia a Rafi Eitan. La presencia de Eitan en Colombia se confirma con varias fuentes, una muy relevante, un abogado cercano al entorno militar. Los, cuando menos, pasos para acordar la contratación de Eitan y/o su empresa, quedaron confirmados con el hallazgo de un memorando de observaciones a un contrato, que reposa en los archivos de la Oficina Jurídica de la Presidencia de la República. 

Esos dos hechos objetivos los articula el testimonio de una fuente “garganta profunda” (o deep-throat, el nombre con el que bautizaron los periodistas Woodward y Bernstein a su fuente secreta que les reveló los hechos que provocaron la renuncia de Richard Nixon en el caso Watergate) que estuvo presente en dos reuniones en las que participó Barco y en las que se tomó la decisión de contratarlo, la primera, y luego, la segunda, en la que Barco informó que Eitan podía iniciar una acción directa para exterminar a la guerrilla, y en concreto habría mencionado los ataques contra la UP. Un mando militar presente habría dicho que ellos podían encargarse de esa misión.

En el arco de esos dos extremos hay una serie de hechos, relevantes, que ya se han explorado, y otros que están pendientes de investigación o de respuestas a derechos de petición a organismos estatales. En El Diario Alternativo tenemos tres a la espera de respuesta, que podrían confirmar  algunos de esos hechos, o que podrían dar lugar a nuevas hipótesis de trabajo. Por eso también es importante suscribirse a ElDiaAL.  

Empresarios o soldados de fortuna

Cuando hablamos por primera vez con Alberto Donadío la advertencia que hizo fue que no se podía meter en el mismo pelotón a Eitan con Yahir Klein. Son, puntualizó, sujetos totalmente diferentes. El uno es un espía y el otro un cazafortunas o algo peor. Klein fue la persona más visible de los “instructores” de las escuelas de sicarios  los carteles de la droga a finales de los años 80 del siglo pasado. 

Pero los hechos cuentan una historia diferente. Tampoco nada concluyente, pero sí con indicios que no deberían soslayarse en un ejercicio de contexto histórico.

Eitan figura al término de alguna de sus aventuras de espionaje en Cuba, con una plantación de frutales y, de acuerdo con sus propias palabras, un extenso cultivo de cítricos, que le permitió montar en su momento “la planta más grande mundo” para concentrado de frutas. ¿La fecha? Según la entrevista donde hizo Eitan –nacido Rafael Hantman- esa afirmación, hacia 1989, cuando ya era conocido en el mundo de la inteligencia como Stinky o apestoso. 

Por esa misma época, y también en el Caribe, se asentaban sus paisanos Pinchas Sarchar en Antigua y   Maurice Serfati en Jamaica. Y, como Eitan, también alquilaron tierras para montar huertos intensivos de cultivo de frutas, en especial melones, cítricos y bananos. Sus empresas eran Roydan Ltd y Antigua Promoters. De acuerdo con algunas publicaciones de la época, esas empresas incluso recibieron varios créditos sustanciales, por más de medio millón de dólares, de la OPIC, un organismo oficial crediticio de los Estados Unidos, hoy identificada con las siglas DFC.   

Pero su centro de operaciones comerciales estaba en Miami. Desde un eje de empresas Spearhead Ltd., de Yair Klein y Arik Afek, y Aran SH Inc. y Nova Internacional, de Sarchar y Serfati.

Todos esos nombres se encuentran vinculados de distintas maneras con la operación, primero, del contrabando de 100 subametralladoras mini Uzi, 400 rifles Galil y 200 mil proveedores de munición, que se ingresaron a Colombia para el grupo armado que montaba el extinto narcotraficante Gonzalo Rodríguez Gacha, y luego, con los campos de entrenamiento paramilitar que  montaron  Klein  y Afek en el Magdalena Medio colombiano.

Der acuerdo con los testimonios rendidos por Afek en los Estados Unidos –antes de aparecer destripado dentro de su coche- los dos, Kelin y Afek, permanecieron en Colombia entre  agosto de 1988 y mediados de 1989. Conseguir esa declaración hoy tendría una calidad de piedra angular para enjuiciar estas hipótesis.

  De la existencia del cargamento de armas de Antigua se supo a raíz de la muerte de Rodríguez Gacha, pues en su poder se halló una de las armas que había vendido Israel supuestamente para dotar el ejército de Antigua –que era integrado por 88 soldados.

Un reporte completo de esta operación, que recorrió medio mundo para transportar armas a por lo menos tres países suramericanos,  se encuentra en el informe del comisionado Sir Louis Bloom-Cooper QC, disponible en la red.

Pero a esta historia le falta el otro pelotón de mercenarios, el de los británicos que, por la misma época, vinieron a impartir instrucción militar en las escuelas de sicarios que montaban los carteles de la droga. Estos hechos, por alguna razón, han sido mucho menos documentados por los periodistas colombianos.

 Hasta ahora no aparece nada que vincule entre sí todos estos hechos con Rafi Eitan y su oferta de exterminar a la guerrilla y a la UP, como según Donadío fue la conclusión de Virgilio Barco en la segunda reunión, pero ya son demasiados hechos que coinciden en el espacio y en el tiempo. Alguien tal vez por eso dijo que la coincidencia es la manera en que el gran arquitecto asegura su invisibilidad.

Un gobierno invisible

No es muy común que los periodistas en Colombia escriban libros independientes sobre los gobiernos, y por eso Los Hilos del Poder, de Jorge Téllez y Juan Álvaro Castellanos tiene mucha relevancia en esta historia, porque desvela algunas de las peculiaridades del gobierno de Virgilio Barco.

Casi siempre los libros sobre los gobiernos son encargos discretos, y otros no tanto, que terminan siendo hagiografías y, como en un par de casos notables, ante la incapacidad de disimular los yerros de su administración, optan por contratar algún profesor o historiador en receso extranjero para que les sirva de biógrafo, en un papel que ningún colombiano aceptaría sin antes cambiar de nombre o país de residencia.

El libro de Téllez y Castellanos aguanta muy bien el paso del tiempo y su epígrafe, “un presidente cercado por sus asesores” es una buena síntesis de su contenido. Para empezar nos revela que de su equipo político hacían parte dos políticos muy bien conocidos de autos judiciales, Eduardo Mestre Sarmiento y Rodolfo González García. Si, los mismos que años más tarde llevarían las cajas envueltas en papel de regalo de Cali.

Como revelador también es el hecho que recuerda el libro, cuando quien fuera el Ministro de Gobierno (Interior), Carlos Apolinar Lemos Simmonds, dijera en el seno de un debate en el Congreso que “la UP estaba vinculada con las actividades de las Farc”. 48 horas más tarde, el 22 de marzo de 1990, caería acribillado el candidato presidencial de ese movimiento, Bernardo Jaramillo.

Pero Virgilio Barco también tenía sus ojos puestos en Ecopetrol: su junta directiva, un mes después de haber tomado Barco posesión de la Presidencia de la República, autorizaba una transacción que le favorecía, por una operación de canje de 86.000 barriles de petróleo de la firma familiar Escobar Barco & Cia.

  Para fundar el pleito la empresa alegaba había cedido ese petróleo a una empresa de Nueva York. Cuando Ecopetrol envió un abogado a confirmar la existencia física de la firma –el internet entonces era apenas una herramienta militar de comunicación-, se encontró con una placa descolorida en una vetusta casa del marginal y empobrecido Harlem. El dueño de la empresa, le dijo su hija superviviente al abogado, “murió hace varios años. Por eso creo que a usted lo han engañado. Algo más, le informo que la empresa fue liquidada hace muchos años”.

Con esos datos el abogado encontró en los registros societarios que la “Wallace and Wallace Petroleum Company” aparecía en el registro de quiebras del Estado de Nueva York de hacía años. Bancarrota.

Transcribo:

“Esta transacción, sin embargo, se hizo liquidando el crudo al precio internacional de esa época y no al precio de concesión, lo cual no consultaba principios éticos convencionales a los cuales se había ajustado Ecopetrol en negociaciones anteriores.

Finalmente el petróleo reclamado por la empresa Escobar Barco, que asumió buena parte de la representación legal de la familia presidencial, fue negociado a la cotización internacional del crudo en esa época, lo cual representó un ingreso global de 2 millones 320 mil dólares para el recién posesionado jefe del Estado y su familia”. (En el libro sigue el facsímil del acta de la Junta Directiva de Ecopetrol).

El libro también da cuenta de otro ejemplo de la visión personal de la familia. El hermano de Virgilio se llamaba Jorge, un muy peculiar director que tuvo la Aeronáutica Civil, y que luego pasó a la presidencia de Aerocóndor, una empresa de aviación muy bien entroncada con todos los nuevos ricos de Barranquilla y de sus otras dos empresas de aviación de carga múltiple de la ciudad. Y siempre con la asesoría del abogado Gustavo de Greiff Retrepo.

En la época se decía que Jorge y Virgilio se habían distanciado, pero en Los Hilos del Poder se revela un incidente serio, cuando el secretario general de la Presidencia, Germán Montoya Vélez, ordenó que le aumentaran en 1.500 dólares el sueldo a la esposa de Jorge, quien se desempeñaba como representante en España de la Corporación Nacional de Turismo. 

Son historias todas ya muy conocidas, pero siempre impunes, también.

Historias sin historia

Incluso los mitos fundacionales del país están montados en sillas cojas. Y uno de ellos es el del llamado florero de Llorente, el que habría desatado las fuerzas contenidas de la insurrección nativa contra el oprobioso dominio español. Pues una de las fuentes históricas más verídicas de la época es el diario escrito por un sastre que tenía su almacén en la Plaza de Bolívar de Bogotá, y que registra con deliciosa precisión los hechos cotidianos de nuestra inmarcesible patria loba. 

Se trata de José María Caballero y su “Diario de la Patria Boba”, Editorial Incunables, Bogotá, 1986. Cuando el fragor de la ardentía independentista criolla va tomando forma se encuentra uno (página 68 y siguientes) con la advertencia en negrillas:

“Falta una hoja en el original; contiene ella lo relacionado el 20 y 21 de julio (de 1810) y parte del 22”  

Lo de siempre, andan por ahí unos magos para maquillar y deformar la realidad. Cuando los hechos no ayudan, optan por minimizar a los testigos y velar todo su rastro.

 ¿Es la nuestra una historia a la que le hacen falta párrafos, hojas, fechas y personajes? 

Todavía no hay una hipótesis que soporte la confirmación en el caso Barco-Eitán-UP. Los dos extremos del arco están documentados: la presencia y contratación de Eitán, por el gobierno Barco, y los miles de muertos de la UP. En el interregno hay muchos hechos todavía por investigar. La prensa intentará llegar hasta donde sus congruas herramientas lo permitan, y la Jurisdicción Especial para la Paz, JEP, ya conoce los hechos desde finales de enero pasado (ver entrevista con Alberto Donadío).

Las opiniones vertidas con respecto a  las afirmaciones contenidas en la columna del muy renombrado periodista investigativo en Los Danieles van desde las que lo descalifican, por cuenta de quienes nacieron a la burocracia oficial en el gobierno de Barco, a quienes manifiestan cierto escepticismo, como el historiador Medófilo Medina, para quien la masacre de los militantes de la UP es multisistémica y de pluriautores.

Curiosamente la más atemperada lectura de los hechos la hizo un columnista del diario Causa Guajira, de Riohacha, Elimenes Bruges Guerra: “pareciera que en nuestro país el poder siempre va acompañado del abuso de poder. Pero la investigación de Donadío debe dar pie para que se reabran investigaciones en el seno del gobierno central, en la cúpula de las Fuerzas Militares, en Ecopetrol, que parece sirvió para pagar las cuentas secretas del espía israelí ,y en donde sea necesario para llegar a la verdad sobre el genocidio de la Unión Patriótica”.

De la seriedad con que la justicia se tome esta investigación podremos saber si hay Estado de Derecho o, como muchos temen, vivamos en una democracia asintomática: todos dicen que ahí está, pero no vemos ninguna de sus manifestaciones.

Barco y Tirado:

By Donadio:

Al posesionarse en 1986, Barco nombró como director general de la Policía Nacional al general José Guillermo Medina Sánchez. Este, como lo denunció en 1989 la revista Time, estaba en la nómina de Pablo Escobar y tenía nexos con Gonzalo Rodríguez Gacha. La Corte Suprema de Justicia lo condenó a cinco años de prisión por enriquecimiento ilícito. En el juicio quedó claro que cuando Medina Sánchez fue director de la Policía “no se vieron verdaderas y decididas acciones contra los narcotraficantes y las pocas veces que se intentaron resultaron frustradas por fuga de información”.

Si Tirado Mejía demuestra que Barco contrató a asesores de inteligencia de Israel para espiar a los altos mandos policiales y militares, y garantizar que no recibían coimas de los narcos, aceptaremos que su gobierno sí se enfrentó al narcotráfico. Mientras tanto, la defensa que el profesor hace de Barco está basada en lugares comunes, en clichés, en sandeces y en necedades, y en una memoria selectiva que calla y oculta hechos probados y demostrados que convenientemente se dejan por fuera para redactar un panegírico. Eso, sin mencionar a un tercer general que también fue brazo derecho de Barco: Miguel Maza Márquez.

Si Barco realmente hubiera enfrentado con valor y decisión el narcotráfico, se habría asegurado de nombrar en la Policía a alguien que no pudiera ser comprado por los narcotraficantes.