Por Ana María Hanssen*
Especial para El Diario Alternativo

¿Cuál es la paz que sirve?, me pregunto hoy al ver lo que pasa en Colombia. Y me parece que es indispensable tomar la oportunidad para evaluarnos y saber desde qué lugar aprobamos o condenamos lo que sucede hoy. Creo que una buena forma de medir nuestro corazón es preguntarnos qué es exactamente lo que nos duele de este Paro Nacional.

Cuando estaba haciendo la investigación para el documental “La Toma” (Pivot pictures, 2011) que dirigieron un colombiano, Miguel Salazar, y un sudafricano, Angus Gibson, me encontré con el libro “País de mi calavera” (Country of my Skull ) escrito por la periodista y poeta Antjie Krog. En el que se consideró el libro del año cuando se publicó en 1998, Krog documentó las audiencias de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación en Sudáfrica, creada por Nelson Mandela para iniciar el proceso de sanación después del Apartheid. Es un libro que relata los testimonios de las víctimas y opresores, de los blancos y negros; es un libro de verdades horribles, de torturas y de llantos que nos muestran los límites del perdón. Es un retrato crudo del ejemplo de un país que vivió un conflicto terrible y aún así, fue capaz de pasar la página.

El libro de Krog, junto con “Holocausto en el Silencio” (Planeta, 2005) que co-escribí con mi colega Adriana Echeverry fueron imprescindibles para mi labor como parte del equipo de investigación en “La Toma”. Narrado por Héctor Abad Faciolince, este documental presenta el tenso desarrollo del juicio contra el coronel Alfonso Plazas Vega en por el caso de la desaparición forzada de 12 personas, en su mayoría trabajadores de la cafetería del Palacio. Es un aporte muy valioso para la construcción de memoria del país y al reconocimiento público de las víctimas.

Gracias a mi experiencia previa con familias de los desaparecidos, quienes más me conmovieron siempre, pude lograr un mayor entendimiento de su dolor y de su idea de reconciliación. Recuerdo como un momento de cambio para mi propia visión del conflicto, el día en que me dijeron: Ya no nos importa que los militares o guerrilleros paguen cárcel por la vida de nuestros seres queridos, nos gustaría en cambio, sentarnos con ellos y que nos digan dónde están. No para venganzas y odios, sino para darles sepultura y dormir en paz.

Por ellos y por tantos otros colombianos que pagaron el precio de la guerra con el dolor de su familia y piden verdad, voté por el SI en la consulta por la Paz el 2 de octubre de 2016. También lo hice con la convicción de que Colombia se merecía la oportunidad de escribir un capítulo distinto dejando de lado los egos, y entendiendo que la reconciliación es un proceso colectivo que solo es posible cuando decidimos mirar a ese otro que por años de indolencia nos ha costado VER.

Muchos colombianos votaron por el NO, porque para ellos esa paz no servía. No había sido propuesta por quienes ellos pensaban que son los dueños del orden. Además, para el desagrado de muchos, incluía -obviamente- a los actores del conflicto, aquellos que por años de confrontaciones con el estado nos alejaron de vivir en un país en paz. Sin embargo, estos votantes perdieron de vista que la paz no es perfecta, y que tal como en el libro que documentó el proceso en Sudáfrica, implican un proceso de dolor, duelo, rabia, culpa, vergüenza y de mirar de frente el horror de la guerra.

Ver los matices de la realidad de un país tan complejo y fracturado como el nuestro, no nos hace tibios. Pero en cambio, situarnos en los extremos muchas veces nos deja ciegos. Es necesario entender cómo usamos términos como comunismo, socialismo, fascismo que se repiten tanto en los medios y en las calles para crear miedo, que ya pierden por completo su sentido.

Preocuparnos por crear un país en el que quepamos todos y se respeten nuestros derechos constitucionales no nos hace automáticamente de izquierda. Nos hace personas a quienes nos interesa el bienestar de la mayoría, nos hace valorar más la vida que un monumento caído. Estar fuera del país, como es mi caso, no me hace indiferente. Estoy convencida de que me da una perspectiva distinta, pues vemos la tragedia de Colombia con la amplitud que da mirar desde afuera.

¿Cuál es la paz que sirve? Me pregunto hoy al ver lo que está pasando en Colombia. Y me parece que es indispensable tomar la oportunidad para evaluarnos y saber desde qué lugar aprobamos o condenamos lo que sucede hoy. Creo que una buena forma de medir nuestro corazón es preguntarnos qué es exactamente lo que nos duele de este Paro Nacional.

¿Duelen igual los vidrios rotos de un centro comercial que un estudiante muerto? ¿Duele más una mujer violada por la policía o el vandalismo de la gente? ¿Enfurece más que haya bloqueos en las vías o que el presidente Iván Duque no tome un paso firme para dialogar? Si no nos duele todo por igual, ¿por qué? Son preguntas que nos guían hacia la claridad de nuestra conciencia y que nos indican qué es lo que valoramos más de la vida para replantearnos si vale tanto la pena como para acabar con el otro.

Para bien o para mal, hoy son en gran parte las redes sociales las que nos informan con videos en vivo que, en ocasiones, están fuera de contexto, pero que sin duda muestran la guerra que aún persiste de lado y lado. Entre mis contactos en redes hay muchos autodenominados “colombianos de bien” a quienes les duele más la afrenta a un Estado autoritario y de mano dura que el hartazgo de la población por la injusticia social que nos hace uno de los países más desiguales del planeta. Condenan la existencia y la voz de “esos, allá” que se quejan por nada “y quieren todo regalado”. A los que “no marchan, y producen” les dio rabia el desorden, el volumen de la voz alzada de los que sí lo hacen porque se cansaron de ver sus derechos vulnerados y la indiferencia de los pocos que no viven en la miseria. Ese grupo, que me atrevo a pensar votó por el NO a la paz y el NO a la consulta anticorrupción, ve vulnerado su privilegio, su Macondo personal porque “aquí no ha pasado nada ni pasará nunca, este es un pueblo feliz”.

Si uno difunde algo con fuente corroborada que muestra claramente quiénes son los que están casi siempre en desventaja frente a los abusos del Estado (no hoy sino históricamente) entonces, está generando odio. Porque en Colombia hay una furia defensiva ante lo que muestre la realidad, se quiere todo maquillado y lindo, porque tenemos miedo de la incomodidad que causa VER la peor cara de la guerra: La de colombianos matando a colombianos y destruyendo bienes públicos y privados, mientras un partido político o varios aprovechan el desorden para ir preparando su discurso para las próximas elecciones y de nuevo vendernos la idea de que la ultraderecha y autoritarismo de sangre fría son los que nos va a salvar del demonio. Pero tendríamos que salvarnos de nosotros mismos, entender que no hay muertos buenos o malos, que no hay violencia válida cuando viene de un extremo, pero no del otro. Es hora de dar un paso al centro o mirar todo desde arriba, no para no tomar una posición, sino para mirar desde otro lugar todo lo que no hemos querido ver por la soberbia.

A ver si de una vez podemos mirarnos a la cara y entender que porque a unos les va bien no significa que los demás deben callarse; o que a los que les va bien no es necesario violentarlos. Porque tarde o temprano la fachada se cae y no nos queda más que aceptar que somos uno y quizá entonces, cuando exijamos responsabilidad por tanta atrocidad a nuestros mal llamados líderes, cuando dejemos de lado los discursos anticuados de ultraderecha y populismo barato y nos paremos en el medio para poder VER, se logrará un cambio de consciencia, encontremos el perdón y por fin podamos pasar la página y hablar de una paz verdadera en nuestro país de calaveras.

*Ana María Hanssen es periodista y coautora del libro “Holocausto en el Silencio”, que recibió el premio “Libros y Letras” al mejor libro de no ficción en el 2006. Ha participado como investigadora en tres documentales colombianos hasta la fecha: La Toma (2011), Carta a una Sombra (2015) y The Smiling Lombana (2018). También ha sido publicada en distintos medios en Colombia (Cambio, El Espectador y revista Alternativa), Argentina (La Nación y revista G7), México (Revista Poder) y Estados Unidos (Poder Hispanic, Learning for Justice, Motherly y BabyCenter). Reside en Miami, Florida.