Por Gonzalo Silva Rivas
Especial para El Diario Alternativo 

En el Golfo de Tribugá habitan especies vegetales y animales de alto valor ecológico, algunas de ellas endémicas y otras migratorias. Además de la marina, su riqueza se resume en más de 35.000 especies de plantas, 400 de aves, 980 de reptiles y 130 de mamíferos.

Durante dos semanas circuló libremente por redes sociales una excelente pieza periodística que busca sensibilizar al mundo sobre la importancia de conservar el Golfo de Tribugá, en el Chocó, uno de los lugares más bellos y biodiversos del planeta -declarado como un Hope Spots por la organización internacional Mission Blue-, y hoy en día amenazado por la pretendida construcción de una mega obra marítima, en la que tienen puestos, tanto la mira como sus intereses, algunos empresarios, gobernadores y dirigentes políticos.

A través de una edición fotográfica de alta calidad, valorada por su belleza e impacto visual, el documental, realizado por el movimiento #NoalPuertodeTribugá, refleja el resultado de un trabajo conjunto entre realizadores cinematográficos, ambientalistas y científicos, bajo la batuta del fotógrafo de naturaleza, Felipe Mesa, que explora la selva chocona y el mar Pacífico para resaltar su importancia como uno de los mayores patrimonios naturales del planeta.

Con un planteamiento argumentativo basado en tres escenarios se plasma la diversidad de especies botánicas y marinas que cohabitan en el lugar y se visibiliza la presencia y tradición de las comunidades afrocolombianas nativas que, tras el acuerdo de paz con la antigua guerrilla de las FARC, en 2016, y como consecuencia las mejoradas condiciones de seguridad que se han dado, desarrollan economías locales a base actividades artesanales y de un turismo sostenible.

El costo social y ambiental de esta obra podría ser considerable, con consecuencias inevitables para los ecosistemas marinos y costeros y para la calidad de vida de las comunidades residentes.

Es esta región una de las más bellas y biodiversas del planeta por metro cuadrado, bañada por decenas de ríos que forman estuarios e inmensas cascadas regadas entre sus montañas, con vegetación espesa de manglares y un ensoñador golfo que da vida a un corredor estratégico para la anidación de tortugas y aves marinas. Gracias a la profundidad de sus aguas forma parte de las estaciones de migración anual de las ballenas jorobadas, que lo tienen como lugar para aparearse, y cuyo avistamiento, además de ser un espectáculo privilegiado, es el principal atractivo turístico del Pacífico colombiano.

El Golfo de Tribugá está integrado a un área protegida por la Autoridad Ambiental bajo el nombre de Distrito Regional de Manejo Integrado (DRMI), en donde convive un conjunto de ecosistemas amplio e invaluable. Allí habitan especies vegetales y animales de alto valor ecológico, algunas de ellas endémicas y otras migratorias. Además de la marina, su riqueza se resume en más de 35.000 especies de plantas, 400 de aves, 980 de reptiles y 130 de mamíferos.

En medio de este paisaje idílico, la comunidad raizal, conformada por resguardos indígenas y consejos comunitarios, se dedica a la pesca artesanal, a la agroindustria y al turismo, el que, dadas esas recién favorables condiciones de orden público, facilita el surgimiento de emprendimientos ecoturísticos, fuentes primarias de los ingresos locales.

La sombra que acecha a este paraíso y a sus nativos es la intención de construir un puerto en el golfo, en provecho de sus especiales condiciones geográficas. Esta es una recurrente intención acariciada desde hace décadas, pero que tomó fuerza en 2005 y que cuenta con el respaldo del presidente Duque, quien en campaña expresó su interés de darle forma a la propuesta portuaria para conectar el llamado Triángulo de Oro colombiano con el Océano Pacífico. En noviembre del año pasado, en uno de sus talleres sabatinos, reiteró su decisión con el argumento de que esta mega obra marcará el futuro de la competitividad chocoana, acorde con lo previsto en su Plan Nacional de Desarrollo, en el que se autoriza la construcción de un puerto de aguas profundas, con infraestructura complementaria en el Pacífico Norte. Un articulito del Plan, aunque no lo dice explícitamente, tiene nombre propio, por cuanto Tribugá es el único que permite el acceso, fondeo y atraque de grandes embarcaciones.

El costo social y ambiental de esta obra, que desde inicios del siglo promueve en las altas esferas del Estado la Sociedad Portuaria Arquimedes S.A., una organización empresarial privada de economía mixta, con el apoyo de los gobernadores del Chocó, Caldas y Risaralda, junto con algunos congresistas vinculados al partido de gobierno, podría ser considerable, con consecuencias inevitables para los ecosistemas marinos y costeros y para la calidad de vida de las comunidades residentes.

El proyecto ronda los US$300 millones y contempla levantar una infraestructura marítima y terrestre de largo plazo, incluida un área de patios, una ciudadela, una zona franca, vías, aeropuerto, ferrocarril y un oleoducto hasta La Guajira. Su construcción conlleva el riesgo inminente de arrasar con los exuberantes ecosistemas, entre ellos los manglares y millares de hectáreas protegidas pertenecientes al Parque Nacional Natural de Utría.

Aunque hace tres meses la Agencia Nacional de Infraestructura (ANI) declaró el desistimiento de la solicitud de concesión portuaria que había presentado dicha Sociedad, debido a que no cumplió con la totalidad de los trámites de ley, el gerente de la misma no ha bajado la guardia y advierte estar dispuesto a insistir en sacar adelante el controvertido proyecto, con el argumento de que el Chocó lo que necesita es “seguir desarrollándose”.

Cabe preguntar hasta qué punto se justifica destruir parte de este invaluable santuario de flora y fauna, una auténtica joya ambiental, para darle paso a una obra inconveniente por razones ambientales, económica y técnicas, movida más por intereses políticos y empresariales, cuando los dos puertos que tiene Colombia en el Pacífico, Tumaco y Buenaventura, se encuentran subutilizados en más de un cincuenta por ciento y ninguno ha servido para revertir los injustificados niveles de pobreza de sus habitantes. Ambos puertos no han sido su solución económica y social, sino todo lo contrario 

El Chocó no puede apostarle a un puerto que, como los dos anteriores, tiende a ir de la mano de los intereses de los inversionistas más que del bienestar de los nativos. Sacarlo de la postración solo será posible promoviendo un modelo de desarrollo sostenible a través del ecoturismo, la protección del medio ambiente, la pesca artesanal responsable y la preservación de su cultura tradicional. Lo que se requiere es redimirlo de la miseria y de la corrupción para llevarlo a buen puerto, sin causarle un irremediable desastre ecológico.

Posdata: Según cifras del Dane, para 2016, en Buenaventura, el puerto colombiano más importante del Pacífico, por el que se moviliza el 70% de la carga en ese litoral, la cobertura del servicio de agua y alcantarillado en zona urbana era de un 76% y un 50%, muy por debajo del promedio nacional, de 97,7% y 92,3%, respectivamente. La cobertura en zona rural, por su parte, apenas llegaba al 16%, 60% menos que el promedio nacional.