Por Gonzalo Silva Rivas
Especial para El Diario Alternativo  

La compleja crisis que afecta a la economía mundial y en particular a la industria turística -la peor que se le ha atravesado a lo largo de toda su historia-, como consecuencia de la pandemia, no solo tiene que ver con la evolución natural del virus, surgido en un concurrido mercado de Wuhan, en China, sino con la indolencia generalizada de los líderes del planeta que, pese a las advertencias lanzadas de tiempo atrás por los expertos sobre la irrupción de una grave amenaza sanitaria, no han hecho mayores esfuerzos para prepararse y enfrentarla con un relativo éxito. 

En 2015, en conferencia dictada en Vancouver, el cofundador de Microsoft, Bill Gates, vaticinaba sobre lo que sería el próximo gran riesgo de una catástrofe global: una pandemia causada por un virus altamente infeccioso que se propagaría rápidamente por todo el mundo y contra el cual la humanidad no estaría lista para luchar. La amenaza -indicaba- no sería de misiles, sino de microbios. Esta profecía, cumplida un quinquenio después, surgía en el contexto de otra epidemia, la del Ébola, que, por aquella época, entre 2014 y 2016, cobró 236.000 vidas y afectó seriamente a seis países en África, antes de extenderse limitadamente a naciones como Estados Unidos, España e Italia.

Cuatro años después, Tedros Adhanom, director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), también refirió que la amenaza de una pandemia de gripe estaba latente, al considerar el riesgo de que un nuevo virus se propagara de los animales a los seres humanos. Algo similar a lo que había sucedido en la primavera del 2009, tras el surgimiento del virus de la influenza A (H1N1), conocido como gripe porcina, detectado en Estados Unidos y propagado al resto del mundo; o en 1968 con la influenza aviar (H3N2) -ahora convertida en un virus estacional-, también originada en dicho país y causante de más de un millón de muertes en varios continentes, durante su mortífera primera ola. 

Una investigación dirigida por la bióloga Katherine Smith, Decana Asociada de la Universidad Brown (EE.UU.), calculó que entre 1980 y 2010 el número de brotes epidémicos de enfermedades infecciosas se ha multiplicado por tres, consecuencia de múltiples factores como el crecimiento de la población, las migraciones, los viajes, la pobreza, la carencia de agua potable y de servicios médicos o la resistencia a los antibióticos, todo lo cual representa un incremento progresivo de los riesgos.

La cuestión, entonces, no era saber que habría una nueva pandemia de gripe, sino cuándo ocurriría, como finalmente vino a acontecer en diciembre de 2019, con la letal COVID-19, aparecido en China y con el cual se desnudó la realidad del planeta. Pese a la previsibilidad de las crisis sanitarias, se demostró que el mundo no se ha preparado para asumir responsablemente su manejo ni tampoco para reducir las abismales limitaciones en materia de infraestructura sanitaria que permitan su atención. Ello, porque siempre que surgen estos brotes rige al círculo vicioso de “pánico y olvido”, es decir, centrar todos los esfuerzos oficiales hacia su control y una vez logrado desviar la atención hacia otros intereses. 

En el caso de la actual pandemia, que pasa una costosa cuenta de cobro en vidas humanas y en pérdidas económicas, la respuesta a la crisis dada por la casi totalidad de los gobiernos ha sido desacertada, incoherente e, incluso, torpe. De las ligerezas no se escapa ni siquiera la OMS, que en los inicios del brote parecía trastabillar. Documentos publicados por el New York Times revelaron las restricciones que en China rodearon a su primer equipo investigador que, en febrero del año pasado -cuando tan solo se registraban tres muertes fuera de ese país- buscaba averiguar su origen, con posibilidades de controlar a tiempo la epidemia, antes de que se transformara en pandemia devastadora. 

La frustrada investigación impidió disponer en su momento de información amplia y transparente y colocó en cierto nivel de impotencia al organismo mundial de la salud, que no solo distribuyó información contradictoria sobre el riesgo de contagio de los asintomáticos, el uso del tapabocas y la transmisión de la enfermedad por el aire, sino que además recomendó que los viajes aéreos internacionales se mantuvieran vigentes, desplazando enfermos de un lugar a otro.

El traspiés de la OMS la puso en el ojo del huracán y desató sobre ella una tormenta de críticas y especulaciones que, de cierta manera, dilataron los esfuerzos y las estrategias para combatir la pandemia, politizaron el debate, generaron tensiones geopolíticas y propiciaron divisiones entre y dentro de los países. Se formalizó, entonces, un excepcional escenario, utilizado por los gobiernos conforme a sus propios intereses y les puso en bandeja de plata la oportunidad de disfrazar comportamientos, vacilaciones y equivocaciones. Este estado de cosas contribuyó a construir teorías conspirativas con mentiras y verdades a medias y, de paso, a sembrar confusión y desconfianza en amplios sectores de población sobre la realidad y las consecuencias de la crisis sanitaria.

Salvo ciertas excepciones, como puede observarse en Nueva Zelanda, Japón, Taiwán, Corea del Sur o Finlandia, donde se han desarrollado eficaces programas de prueba y rastreo, sumados a efectivas campañas masivas de comunicación, el resto de gobiernos, incluyendo el colombiano, ha pecado por la falta de rigor, por la priorización del espectáculo, por el ocultamiento de la información, por la toma tardía de decisiones y por el manejo, algunas veces improvisado y caótico, de la situación. La capacidad de previsión y planificación se quedó corta ante el peculiar patrón de propagación de la COVID-19, un agresivo virus caracterizado por sus cambiantes fases y su alta carga infecciosa. 

Estas fisuras en la gestión oficial no han sido ajenas en ningún sistema político. Ni en el de los países occidentales, de corte liberal, que han asumido políticas relativamente flexibles, con priorización de la economía sobre la salud; ni en el de las naciones caracterizadas por el llamado “capitalismo de Estado”, el caso chino, por ejemplo, donde ha primado la adopción de medidas radicales, entre ellas el confinamiento total, con el agravante de la falta de transparencia en el origen y la distribución de la información oficial.

La postura de algunos gobiernos, en los inicios de la pandemia, fue restarle importancia a la mortal amenaza, hasta que se les hizo demasiado tarde, cuando sintieron el colapso de los frágiles sistemas sanitarios y el personal médico se vio obligado a priorizar la atención y salvación de los pacientes. Pese al drama, con el crecimiento exponencial de muertos, ciertos líderes, como Donald Trump, Jair Bolsonaro, López Obrador o Boris Johnson, negacionistas del coronavirus, decidieron no rendirse ante la evidencia y continuaron subestimando la enfermedad, incluso después de ser víctimas de ella.

Convencidos de estar ungidos por una bendición divina, presidente y vicepresidente de Nicaragua, Daniel Ortega y Rosario Murillo, marido y mujer, convocaron en marzo una multitudinaria marcha, sin ningún protocolo sanitario, bajo el lema de “El Amor en tiempos del Covid-19”, en irresponsable solidaridad con las víctimas del virus. En Colombia, durante el mes de junio, el presidente Duque decretó, en medio de relajadas medidas de confinamiento, el “Día sin IVA”, en el que decenas de miles de compradores desafiaron la pandemia para atiborrar los locales comerciales por ganarse unos descuentos.

La profunda crisis sanitaria, que a 31 de enero arrojaba en el mundo cien millones de contagios y superaba los dos millones de muertos, atizada por las improvisaciones y la incapacidad de los gobiernos para manejar la coyuntura, obligó al confinamiento de la población y al cierre de fronteras y, en consecuencia, desterró al turismo, la industria más afectada en la escala de la economía global y la más sensible a las contingencias naturales y humanas.

Como resultado de este fracaso colectivo -que muy seguramente se repetirá en pocos años ante la aparición de otro patógeno agresivo-, la actividad turística se ha visto abocada a permanecer en la sala de cuidados intensivos y, hoy en día, anda en la urgente búsqueda de un respirador.