Por José Vales*
Especial para EL DIARIO ALTERNATIVO

El gobierno necesita mantener el clima de lucha a brazo partido contra la COVID-19, con lo poco o mucho que se tiene a mano y en un contexto global muy difícil.

Desde el mes de agosto último, mientras promediaba “la cuarentena más larga del mundo”, como se la había definido por aquí abajo, el gobierno argentino viene haciendo anuncios de “millones” de vacunas. Pero hasta aquí, sólo llegaron 497.000 de la primera dosis y 200.000 de la segunda de la Sputnik V, producida por el Centro Nacional de Investigación de Epidemiología y Microbiología Gamaleya, en Moscú.

Luego de embadurnar la vacuna con el barniz de la politización, acorde a los tiempos que corren y rodeada de la correspondiente épica futbolera que caracteriza cada acto en Argentina, el pasado 30 de diciembre arrancó la campaña de vacunación, con más dudas que certezas en la población ante la falta de información científica, que terminaron de ser despejadas esta semana con el informe publicado en la revista británica The Lancet, donde se reveló que la efectividad de la vacuna rusa es del 91,6 % en los pacientes entre los 18 y los 60 años y del 91,8% en los mayores de esa edad.

La euforia fue tal en los despachos oficiales que no faltó el funcionario que confundió la publicación de la más reputada revista científica con el diario deportivo brasileño Lance, mucho más a la mano, para entender el golazo que acababa de anotarse la administración de Alberto Fernández, tan carente de logros y atada como está su suerte política al derrotero de la pandemia.

Con su poder recortado por su jefa, la vicepresidenta Cristina Kirchner, Fernández no tiene otro eje que el coronavirus porque ni para la economía —en su peor momento desde el 2002— ni para los problemas estructurales que aquejan al país parece tener soluciones.

De allí que no será de extrañar que temporalmente La Marcha peronista se vea reemplazada por el “Después de ti, no hay nada…”, del mexicano Christian Castro. De paso, un sincero y sencillo homenaje a nuestros hermanos mexicanos, ahora que se plasmó en los hechos la dinámica con su mejor aliado externo, su par mexicano Andrés Manuel López Obrador.

Fue Fernández el que terminó de convencer a AMLO de acceder a la vacuna rusa. Lo hizo en el mismo momento que por estas pampas se la cuestionaba por una supuesta carencia de respaldo científico por parte de la oposición que no terminó de entender que amén de haber sido un eficaz agente de la KGB en tiempos de Leonidas Breznev, Vladimir Putin se inspira más en Pedro el Grande que en Lenin.

Pero no todo termina en Moscú en materia de vacunas. La escasez de dosis en todo el mundo ya plantea un inminente conflicto global que tiene a los laboratorios, sin excepciones, como blanco predilecto de diferentes gobiernos. 

Después de fracasar una negociación con Pfizer y a sabiendas de que no podían contar con las de AstraZeneca hasta marzo, el gobierno matizó su catarata de anuncios con el acuerdo por la Sputnik, de la misma manera que ahora, ante la demora del Gamaleya, anuncia acuerdos por “un millón de vacunas Sinopharm” con China y se apresta a ventilar la compra de 1,6 millones de dosis adicionales a las ya pactadas de las de Oxford y AstraZeneca (que tampoco logró evitar los cuestionamientos en Europa) en un contrato directo con Serum Institute de India. En tanto, que para las próximas semanas se espera la llegada de las primeras 2,2 millones de vacunas del fondo COVAX, de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Así lo aseguran varios funcionarios consultados, aunque con Pekín todo parece más difícil, según las fuentes, ya que el gobierno de Xi Jimping, pretende cerrar transacciones por 30 millones de dosis, que el gobierno no podría pagar pues el costo es exactamente el doble que el de la rusa (40 dólares la unidad).

No hay que olvidar que es aquí donde el laboratorio local mAbxience produce el principio activo para que en Puebla, México, Liomont estabilice y fabrique la vacuna de AstraZeneca, cuyos primeros ejemplares se esperan para marzo de no mediar demoras. 

Según el ministro de Salud argentino, Ginés González García, en su reciente exposición en la Cámara de Diputados, se tiene “cubierta a la población argentina mayor de 18 años”.

“El número que tenemos hoy y que va a ampliarse es bastante claro: son 30 millones con los 20 millones que ya están, más los 5 millones de la adenda (que serían 10 millones); los 22,4 millones de AstraZeneca, más una negociación que estamos haciendo por 1,2 millones de esa vacuna, y los 9 millones del COVAX, con lo cual la suma total son 62 millones”, resaltó González García, reconocido hombre de fe racinguista con todo lo que ello implica.

Sólo esa característica de su personalidad puede explicar que el ministro, interpretando al presidente, salga a hablar de millones que aún no están, como si se tratara de un pedido al Fondo Monetario Internacional (FMI), próxima y remanida estación donde ese convoy llamado Argentina busca estacionarse con urgencia, para evitar una nueva colisión.

Por lo visto hasta aquí, el gobierno necesita mantener el clima de lucha a brazo partido contra la COVID-19, con lo poco o mucho que se tiene a mano y en un contexto global muy difícil y, fronteras adentro, con una sociedad consustanciada ya con el fracaso colectivo y experta en creerlo todo. Incluso con esa aceitada técnica de cada uno de los gobiernos en los últimos 55 años: que el discurso va en un sentido y la acción, en el contrario.

Por lo pronto, la lenta y diminuta campaña de vacunación sigue avanzando con los trabajadores de la salud. Hasta el pasado 31 de enero se había aplicado la primera dosis a 78.451 personas y 65.583 habían recibido la segunda, según información oficial. Lo que le alcanzó para colocarse a la vanguardia de los países de la región, mientras se espera pacientemente, que los millones de vacunas no sean fruto de la fiebre inflacionaria, contra la que el país no encuentra vacuna alguna. FIN

*José Vales es periodista y autor, y es corresponsal de El Diario Alternativo en Buenos Aires